
A más de 100 días de su llegada a palacio, el presidente Rafael Correa se mantiene con el índice de popularidad más alto que cualquier mandatario de Latinoamérica, con un 76 por ciento, que evidencia un gran trabajo de imagen y de aprovechar las oportunidades de mantener su credibilidad intacta.
Pero mientras el país sigue contemplano la sonrisa de Rafael Correa, el presidente sigue sacando de su chistera una a una las herramientas para mantenerse en la cima de aceptación. Claro que no se puede comparar un burdo populismo con bailarinas, guatita o Iracundos como lo hacía Abdalá Bucaram en cada lugar donde plantaba su anatomía; sin embargo, si podemos ver un presidente mas estilizado en sus metodos y en sacar provecho de su discurso y de su presencia tan popular.
Un discurso en el que se ataque a la partidocracia, a los cadáveres políticos, a los dueños de las grandes empresas que explotan a los trabajadores ecuatorianos o a los corruptos de la empresa publica o privada, merece el aplauso en cualquier tarima. Ese discurso debería pasar del aplauso a los hechos, sobretodo si se trata de un mandatario que desea solucionar los problemas y no simplemente mencionarlos como problemas que todos reconocemos.
Todos los programas sociales fueron reforzados y se aumentó inmensamente la simpatia hacia el mandatario, pero aún, no esta definido como se mantendrán esos programas a largo plazo. Mientras tanto los diputados en el congreso nacional son expulsados, impugnan, regresan, no los reciben, no se rinden, se quejan ante la OEA, culpan al gobierno y aportan en la crisis.
Las entidades de justicia siguen en las manos de la partidocracia, la politica económica no es clara y el presidente sigue con su discurso de ataque al Banco Mundial, sin especificar cuáles son las alternativas. Y aunque tiene toda la razón en criticar la política de este organismo, nos falta escuchar que opciones existen desde el Estado.
El presidente ataca a la prensa, dice que solo lo hace contra "la prensa mediocre" o vendida a los intereses empresariales, mientras recibe el aplauso de quienes están a su alrededor, sin tomar conciencia que los medios no son infalibles y que se abre un nuevo frente de discusión innecesario.
Correa acude a donde le inviten, come hornado en Riobamba, desfila en Quito con los trabajadores el 1 de Mayo, camina por las calles de las ciudades, irá de prioste a la fiesta del Corpus Cristi en Pujilí, se mezcla con la gente, gana puntos en el ranking de popularidad y apuntala la Asamblea Constituyente. Su imagen es algo que se cuida muy bien y para ello tiene un equipo que le ayuda con los datos, que le organiza ruedas de prensa los sábados, con el fin de que el presidente lustre cada semana su imagen y de paso aprovecha para sugerir los temas de la semana siguiente para la prensa.
El presidente marca el ritmo y lo hace bien. Qué sucederá luego de la Asamblea Constituyente. Ahora ya no se habla de los cambios en el país, sino de los candidatos para esta Asamblea, de los hermanos del presidente manejando los hilos de la política, buscando aliados, tratando de acaparar el poder en ese conclave. Acaso esos manejos no son los que siempre criticamos. Acaso no recordamos a Lucio Gutiérrez rodeado de su hermana, su secretaria, su cuñado y su hermanocomo parte de un eje de poder que no hacía más que aumentar el ego de su "líder".
Será la Asamblea un cambio para el país o se intenta un cambio de los dueños del poder. A pesar de la gran aceptación hacia el mandatario, en el fondo aún no se han realizado los cambios que todos queremos. La duda sobrevuela la cabeza del presidente y de un régimen que mantiene una alta aceptación y un discurso en el que nos endulzan con lo que los ecuatorianos pedimos escuchar, pero no vemos resolver.
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